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Guayaquil, la "Republiquita" que inquietaba a los libertadores

El «Acta de Fundación de la Republiquita de Guayaquil» es un documento anónimo y satírico —elaborado en 1821 posiblemente por los anexionistas a la Gran Colombia— que ridiculizaba la aspiración autonomista de varios ciudadanos de Guayaquil (Archivo General de la Nación de Venezuela).

El irlandés Daniel O’Leary, hombre de confianza de Simón Bolívar, refiere en sus memorias que el Libertador se encontraba en la ciudad venezolana de Barinas, a finales de noviembre de 1820, cuando recibió la noticia de la revolución antimonárquica ocurrida el 9 de octubre en Guayaquil. También cuenta que al Libertador aquella noticia no le resultó tan satisfactoria (1). ¿Por qué?

En aquel momento, Bolívar llevaba 10 años conspirando y luchando contra la monarquía española; se había convertido en el líder político y militar de los liberales del norte del continente sudamericano, y para 1819 había creado una nación —conocida por los historiadores como la Gran Colombia—, a la cual esperaba agregar todos los territorios que sus tropas iban arrancando al poderío español.

Pero entonces, de repente, aparecía esta pequeña ciudad que por sí sola, y sin su ayuda, llevó a cabo su propia revolución. Guayaquil, una vez libre, pedía a Bolívar la protección de la Gran Colombia y su auxilio militar. Y de ahí podría venir la insatisfacción del Libertador: Guayaquil realizaba ese pedido no como una población ansiosa de anexionarse a la Gran Colombia, sino como un territorio independiente; en la práctica, como una verdadera nación o estado… o más bien, según un concepto usado en la época, como una «Republiquita».

La inesperada revolución del 9 de octubre

Entre el 8 y el 9 de octubre de aquel año, Guayaquil había concretado su separación del régimen colonial español a través de una insurrección de la élite criolla, el pueblo y militares realistas desafectos. La organización del golpe que depuso a las autoridades realistas locales fue tan efectiva que al final solo arrojó el saldo de un muerto (2).

Los patriotas guayaquileños de inmediato organizaron una Junta de Gobierno; con ella dieron una constitución provisional a la provincia independiente y solicitaron los auxilios militares de Bolívar y San Martín. Las tropas de Bolívar, provenientes de los llanos venezolanos, marchaban al corazón de la Nueva Granada, y San Martín, que ya había liberado Chile, poseía el litoral peruano y amenazaba a Lima.

 

En aquel momento Guayaquil era como una pequeña mota de libertad en medio de territorios dominados por los españoles. Su posición en el litoral central del pacífico sudamericano la convertía —a ojos de los Libertadores— en una perfecta cabecera de puente desde la cual se podían lanzar ataques a los realistas ubicados en Quito, a los del Perú y a los de Pasto.

Los preparativos para el golpe antimonárquico del 9 de octubre se habían realizado en total secreto y sin coordinación fuera de la ciudad, de ahí que la exitosa revolución guayaquileña fue un suceso que tomó por sorpresa a Bolívar y San Martín. Ambos libertadores reaccionaron de inmediato, enviando delegados y apoyo en armas.

La inquietud de Bolívar

Durante los dos años siguientes, la ciudad portuaria concentró gran parte de las preocupaciones de Bolívar y San Martín. La constitución provisional de Guayaquil indicaba que esta se declaraba en «entera libertad para unirse a la grande asociación que le convenga de las que se han de formar en la América del Sur» (3).

Esas grandes asociaciones —todavía en gestación— eran la Gran Colombia y el Perú. Los delegados que ambos libertadores enviaron a Guayaquil trabajaban activamente para asegurar la opinión general a favor de sus respectivos partidos: el de Bolívar y la anexión a Colombia, y el de San Martín y la anexión al Perú.

Hubo un tercer partido, nacido en las bases civiles y comerciales de la ciudad, que deseaba la conservación de la Provincia Libre de Guayaquil tal como estaba, es decir, como una república independiente.

Este partido inquietaba a ambos libertadores. En el caso de Bolívar no era solo inquietud, sino también enojo: el venezolano, invocando una antigua ley de límites, de antemano incluía a Guayaquil en su plan territorial para la Gran Colombia, y la pretensión del partido independentista guayaquileño contrariaba ese plan.

La «Republiquita» de Guayaquil

El término «Republiquita» se identificó en aquella época con Guayaquil, y se utilizó casi siempre para ridiculizar el deseo de los interesados en mantener la provincia como un estado soberano, con leyes y gobierno propios.

Bolívar, en varias de sus cartas, usó el término «Republiquita» en referencia a Guayaquil y sus aspiraciones (4). En 1826, un periódico guayaquileño explicaba que la palabrita nació en el entorno gubernamental gran colombiano (5).

El diminutivo de «Republiquita» resumía el desagrado bolivariano al deseo autonomista de Guayaquil. Por el mismo sentido iba la famosa frase que Bolívar escribió a Olmedo en enero de 1822: «Ud. sabe, amigo, que una ciudad con un río no pueden formar una nación».

Otro libertador bolivariano, el general Antonio José de Sucre, presente en el sur desde mayo de 1821, se refería así al deseo de la facción independiente: «Algunos quieren ser independientes (pobres diablos), soberanos y absolutos y formar su masita de nación entre dos estados» (6).

¿Quienes eran los partidarios de conservarse «soberanos y absolutos»? Historiadores como Julio Estrada Ycaza y José Antonio Gómez Iturralde identifican al patriota guayaquileño José Joaquín de Olmedo como el líder político de los autonomistas(7), aunque situándolo como un impulsor a la sombra, pues su posición como máxima autoridad de la Junta de Gobierno de Guayaquil lo obligaba a mantener una actitud ambigua frente a Bolívar y San Martín, ya que con ellos debía negociar la ayuda militar para la conservación de la provincia.

Otros ciudadanos, al estar libres de cualquier compromiso político, pedían abiertamente los votos por la conservación de un Guayaquil independiente. Sucre escribió que el núcleo duro de aquel partido lo conformaban «cinco o seis mezquinos comerciantes» (8) .

Un curioso documento de 1821, escrito en tono satírico, y que pretendía ser el acta de una imaginaria «Fundación de la Republiquita de Guayaquil» (9), ridiculizaba las aspiraciones de aquellos «comerciantes» independentistas. Lo relevante de dicho documento es que en él se identifica a los cabecillas civiles del partido autónomo: Miguel Isusi, Manuel Tama, Francisco Ugarte, Juan José Galarza —más adelante será apresado por su persistente opinión independentista—, Ángel Tola, José Cruz Correa, Juan José Casilari —firmante del acta del 9 de octubre—, Jacinto Medina, Ignacio Olazo, Tomás Ribera, Ignacio Casanova, Juan de Dios Molina, Francisco Pareja —notorio líder de la facción—, Francisco de Paula Gutiérrez, Julián Bodero, entre otros.

Estos nombres no suenan mucho en la memoria colectiva-histórica de los actuales guayaquileños, pero era bien conocidos por sus contemporáneos.

Aunque Sucre los catalogaba de «comerciantes», entre ellos habían hombres de letras y hasta eclesiásticos. Lo cierto es que estos ciudadanos, al promover de manera pública la preservación de la independencia lograda el 9 de octubre, eran el blanco directo de los dardos lanzados por los anexionistas.

Sucre veía en el partido independentista un oponente de cuidado incluso mayor que el peruano: «El partido que contraría al de los colombianos —escribió Sucre a Santander— es, como dije a ud. últimamente, un bochinche que desea la independencia» (10).

El último duelo de las banderas

Para fomentar la opinión a favor de tal o cual partido, se recurría a los llamados «papeles seductores» —pasquines, folletines, bandos o proclamas impresas o escritas a mano—, a la organización de reuniones y hasta mitines. Según Sucre, el partido independentista superaba a los demás en la promoción de su causa: «el caudillo de este partido tiene a su alcance los medios de fomentarlo y de debilitar el nuestro por falta de recursos» (11). Por esos días Sucre había sido derrotado en Huachi, lo que debilitó aun más al partido colombiano.

Tal era la situación a finales de 1821. Pero más adelante, en mayo de 1822, la campaña militar de Sucre culminó victoriosamente en Pichincha. Bolívar entró a Guayaquil el día 11 de julio, y su carisma personal, sumada a la victoria en Quito, insuflaron vida al partido colombiano.

En los días siguientes, los partidarios por la Gran Colombia y los independentistas sostuvieron una última y simbólica contienda en las calles: la de las banderas. Según un testigo presencial, los primeros se manifestaron «paseando por las calles el Pabe­llón de Colombia», y los segundos recurrieron a la misma fórmula: «Algunos pocos partidarios de la independencia absoluta de esta Provincia manifestaron también públicamente su voluntad tremolando el Pabellón de Guayaquil» (12).

La fuerza del partido independiente —y la del peruano también— quedó anulada el día 13 de julio de 1822, cuando Simón Bolívar desconoció a la Junta de Gobierno de Guayaquil y anexionó la ciudad a la Gran Colombia bajo la intimidante presencia de 1.300 de sus mejores soldados.

El simbólico desafío entre los que enarbolaban el pabellón de Guayaquil y los que portaban el tricolor de la Gran Colombia terminó cuando la bandera celeste y blanco guayaquileña finalmente fue descolgada; en su lugar fue izada la bandera amarilla, azul y roja gran colombiana (13).

La «Republiquita» de Guayaquil, rechazada por unos pocos y soñada por muchos, había dejado de existir.

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