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La recolección de almejas es una tradición que se resiste a desaparecer

Cuando llegan al muelle de Samborondón colocan las almejas en sacos pequeños, las venden a un camionero que se las lleva a Quito.

Son las 05:30. Héctor Hernández despierta, se asea, le da un beso a su esposa, y sin desayunar sale de casa. Va por una calle con poca iluminación, viste doble ropa para quitarse una cuando se humedezca, lleva en la mano una red para capturar almejas en el barro que está a orillas del río Babahoyo y en medio de los ramales de dicho afluente.

Es jueves. Este es uno de los tres días en el que más de 50 moradores de ciudad Samborondón se dedican a recolectar almejas, moluscos más pequeños que las conchas, pero por el parecido les dicen ‘los concheros’. Salen a trabajar entre las 01:00 y las 06:00, dependiendo del nivel de la marea. Visten con camiseta, camisa, gorra y zapatos de caucho o de lona. Tienen entre 15 y 80 años de edad, la mayoría lo hace tres veces por semana, se dedican los otros días a la agricultura o al comercio.

Edinson Jaime, presidente de la agrupación de concheros de Samborondón, dice que cada vez son más recolectores porque lo que ganan como jornaleros agricultores no les alcanza para cubrir los gastos, ganan $ 10 a diario.

Hace unos 18 años eran unos 15 recolectores. Con las almejas cada trabajador gana hasta $ 200 en los tres días.

Héctor llega al muelle de Samborondón, está entusiasmado, saluda a otros habitantes que se dedican al mismo oficio y suben a una canoa que les donó el municipio. La camaradería empieza con una conversación amena en la que el principal tema es el Mundial Rusia 2018. De camino al punto de recolección de almejas, algunos tocan el agua para ir acostumbrando el cuerpo al frío que enfrentarán durante la faena, otros sacan café y pan, van degustando, van cogiendo calor.

La brisa, las aves y el cielo nublado acompañan alrededor de las 07:00 a los hombres mientras se trasladan en una canoa de madera en la que llevan varias redes de un metro y medio. El lugar de destino es el estero Corvina. Ya tienen varios puntos del río establecidos para la recolección. “Me gusta este trabajo porque es rentable”, dice Jaime.

Víctor Morán, de 73 años, dice que lo hace porque es un oficio fácil. “Yo llevo 40 años en este oficio, sigo porque es sencillo y debo mantener mi hogar, cuando ya sale el sol y el agua se pone tibia a veces eso perjudica a los huesos, pero el agua fresca me hace bien. Antes yo era agricultor y también pescaba, pero lo que ganaba era poco”, asegura.

Marco Morán sostiene con mucha precisión un canalete, que es un remo de madera con el cual se boga, va tocando el fondo de un afluente y dice: “Las escucho, ya las escucho”. Todos los que van con él se emocionan. Allí hay almejas.

Los más de 15 años de experiencia en esta actividad le permiten a Marco conocer la textura del caparazón de las almejas de esta forma. Además de asegurarse de que hay almejas, deben identificar si están aptas para el consumo. “Deben tener una pulgada y media y estar de color amarillo o café”, explica Héctor.

Es el momento de empezar a trabajar, el agua está fría. Unos se quitan la camisa y el pantalón y se quedan con la pantaloneta y la camiseta que llevaban por dentro.

Los hombres bajan de la canoa sin titubear, se sumergen en el agua y ahí empieza a ponerse en práctica la habilidad para este oficio. Para entrar las almejas a la red deben hacerlo con el movimiento rápido y preciso de los pies o de las manos, en ambas opciones deben llenar de aire los pulmones como si fueran a bucear, resisten sin respirar unos segundos en el agua.

Cuando el nivel de la marea es muy alto y se les complica usar las manos y pies se ayudan con un tubo de plástico para meter las especies en la red. “Esta es la técnica más complicada”, asegura Jaime.

A veces se cortan los dedos con el caparazón de las conchas muertas. “Pero nos curamos con el mismo lodo”, agrega Jaime.

Mientras están trabajando, algunos dejan el celular con la radio encendida o escuchan canciones en géneros como bolero, bachata y vallenato. “Este trabajo es bonito, estar en contacto con la naturaleza nos hace vivir con más ánimo y sin estrés, aunque la tarea conlleva peligros también”, asegura Marco.

Uno de los riesgos que tienen a menudo es enfrentar animales peligrosos, como las serpientes que reposan enredadas en los árboles, en la orilla del río, por eso llevan linternas de mano para estar alerta; algunos también cargan machetes para defenderse en caso de que sea necesario. “También pueden haber lagartos, una vez vieron uno de metro y medio, aquí uno aprende a ser valiente”, dice entre risas Jaime.

Tardan entre cuatro y siete horas en la faena, el tiempo depende del lugar en el que deciden quedarse laborando, si van hasta los afluentes de Pimocha (parroquia de Los Ríos) se tardan hasta siete horas. Entre los recolectores no se disputan los sitios en los que están reproduciéndose las almejas porque “siempre hay para todos”, dice Geovanny Salazar, de 45 años de edad y con diez años en esta actividad.

Al término de la jornada recogen las redes y suben de nuevo a las canoas, van llegando por separado al muelle.

Piedad Barroso, de 68 años, camina a prisa, se dirige al muelle. Al llegar sus ojos solo están fijados en la rivera del río, espera con ansiedad a su esposo, Francisco Cavero, de 58 años, a quien despidió a las 03:00 que salió a recoger almejas, una labor a la que se dedica desde hace 30 años. “Yo lo espero feliz porque se gana la vida de una manera tan sacrificada y con amor, me siento orgullosa de él, ya le preparé su café con patacones”, expresa la mujer.

Unos recolectores arriban con una sonrisa, otros van temblando un poco por el frío que les provoca llevar la ropa húmeda; y unos llegan casi impecables. Entregan sus productos a varios obreros que los cargan, los lavan y los suben a un camión.

Entre todos suman ese día unos 150 sacos de malla, de 30 libras cada uno. Félix Ordóñez, de 65 años, un guayaquileño, es uno de los dos compradores de las almejas, les paga $ 5 por cada saco.

Después de que se las obtiene del río, las almejas pueden conservarse bien hasta por tres días en un ambiente fresco, comenta Jaime. Las almejas las lleva a Quito para la comercialización. Esta especie se usa para preparar platos como encebollados, ceviches y salsas, son muy apreciadas por su alto nivel nutricional, en proteínas y carbohidratos.


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