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‘Viveza criolla’  en sitios donde se ofrecen accesorios para vehículos

En Gallegos Lara y Ayacucho, los vendedores rodean los carros y presionan para que el conductor compre los accesorios. En otras zonas sucede igual.

Hay casos que se repiten y que incluso han llegado, a manera de quejas, al sistema ECU-911 y a la Policía. Conductores, muchos foráneos, aseguran haber sido prácticamente “asaltados” por vendedores informales de accesorios de vehículos.

Los dueños de carros acuden a sitios conocidos por esa oferta en busca de un determinado artículo, pero ahí se abalanzan cuatro, cinco o más personas a ofrecer y hasta casi obligar a adquirir y colocar cauchos, luces, alegorías, tuercas, pernos y otros elementos, en muchos casos innecesarios. Al valorar ese trabajo, suma altas cantidades. Si no tiene dinero a la mano, le ofrecen acompañar al cajero o a la casa.

El miércoles, por ejemplo, un hombre se acercó a una camioneta que esperaba el cambio de luces del semáforo en las calles Esmeraldas y Aguirre y le dijo al conductor que tenía una guía dañada. Con él estaban dos hombres más para ofrecer sus servicios, pero como hace medio año ya fue sorprendido, arrancó rápido y se alejó.

“Esa vez dijeron que colocaron cauchos y vinchas, me hicieron la cuenta y me dijeron que eran 120 dólares. No lo podía creer, pero terminé yendo a un cajero cercano en compañía de uno de los tipos”, relató.

Decenas de personas han tenido ese tropiezo. La calle Esmeraldas, desde Huancavilca hasta Vélez; la calle Los Ríos; la Gallegos Lara, entre Ayacucho y Pedro Pablo Gómez, son los sitios de operación.

‘Ocho hombres quisieron cobrarme $ 300’

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“Preguntando se llega y una de las respuestas me condujo a comprar una película adhesiva para protección de los rayos solares para mi vehículo en la calle Aguirre entre Esmeraldas y Los Ríos. Basta con preguntar y me dijeron, ‘claro, aquí tenemos”.

Lo raro es que no tenían taller, ni un local donde trabajar o instalar los accesorios. Sin embargo, uno de los ofertantes guía inmediatamente a una de las aceras con rampa que hay en el lugar, en donde está prohibido estacionar, ‘pero no hay problema, tranquilo, no se preocupe, estaciónese nomás aquí’, me decía.

No había pasado ni un solo minuto y alrededor del vehículo estaban más de ocho ofertantes o accesoristas. Vieron que mi carro tenía placa de la Sierra. Y ellos me ofrecían de todo.

Abrieron las puertas del auto, incluso metieron la mano y abrieron el capó, sacaron los cauchos, los topes, las vinchas y entre todos me dijeron que ya estaban gastados, que ya no valían, que hay que cambiar, que le falta un perno, que le faltan los topes, que se le va a caer el parachoques y que, obviamente, los iban a reemplazar.

Cada una de esas vinchas o topes, o cauchos me ofrecieron en no más de 80 centavitos, y son pocos. Mire aquí le faltan solo dos, decían, pero esos dos se fueron multiplicando, pues todos cogieron una parte del auto y empezaron a cambiar.

Mientras yo le decía a uno de ellos que no le ponga más, otro ya estaba terminando de colocar los cauchos. Fue en un lapso de 15 minutos que todos terminaron el ‘trabajo’, porque les dije que no tenía dinero. Pero en ese momento sacaron sus destornilladores e hicieron la cuenta rayando en el piso. Son 18 acá, por este lado; al otro lado son 36. Por acá son 25 vinchas, acá le pusimos 32 topes. ‘Jefe, ya está asegurado el capó. Listo’, es lo que empezaron a decir.

Todos me presionaban hablando al mismo tiempo y cuando quise poner orden de un grito, cambiaron a una actitud amenazante. Les dije que yo no les autoricé para que pongan todo eso y empezaron a decir que si le sacan se parte el plástico o el soporte o el parachoque y que por último tenía que pagar por el trabajo, y ese trabajo sumaba alrededor de 250 a 300 dólares, los cuales no tenía y lo que fue su salvación.

Sorprendentemente, uno de los accesoristas que puso un par de topes me ofreció dinero prestado para que pague a los demás. Para cobrar, se subió en el asiento del copiloto y me dijo que me acompañaba a un cajero automático ubicado en la siguiente cuadra. Ni muerto me subía con él, si ya los vi molestos y amenazantes. Qué me podía pasar, pensé, y me quedé fuera del carro. Llamé al 911 y me dijeron que enviaban a la policía.

En ese momento subió su ira, me insultaron y me dijeron que pague lo que tenga. Al final, les di alrededor de 120 dólares que tenía a la mano. Me subí rápidamente al auto y les dije que voy al cajero solo, pues hubo un grupo que no se quedó contento y me siguieron, caminando y escoltando hasta el cajero. En eso aceleré rápidamente y hui del lugar. Cinco minutos más tarde me llamó un agente de policía y me dijo que no había nadie en el lugar donde estuve.

Tienen todo calculado, la manera de cómo abordar al conductor, taparle la visión, marearlo con todo lo que le dicen y hasta si no tienes dinero, hay un prestamista. Al ir con la policía, los ofertantes habían desaparecido, pero al otro día ya estaban en su esquina, a la espera de otra víctima”.

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