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En los sueños de Rodrigo Dubois, camillero de un sanatorio en Buenos Aires, los pacientes le hablan. «Fuiste muy amable», le decía una de las últimas veces, como despidiéndose, un señor mayor que había trasladado de un cuarto a otro ese mismo día en su trabajo. Al siguiente, cuando despertó y comenzó una nueva jornada laboral, su jefe le pidió que buscase un óbito en el piso donde están los internados por sospecha de covid-19. Se colocó el traje de protocolo, entró al cuarto con su camilla y lo reconoció: tieso, con la cabeza a un costado, estaba el paciente que le había agradecido la noche anterior mientras dormía.
«La gente piensa que nada más empujamos una camilla», dice Rodrigo, de 30 años, a RT. «Pero nosotros colaboramos para que una parte del hospital funcione todos los días». Desde el 2016 es camillero en un sanatorio de Vicente López, provincia de Buenos Aires, uno de los distritos del país con más casos positivos de covid-19. En ese entonces, dejó un trabajo informal en una fábrica de calzados y se sumó como personal médico porque encontró mejores condiciones laborales, aunque, confiesa, «tenía fobia a los muertos». Hoy el joven integra un equipo médico que, junto a otros trabajadores del sector poco reconocidos, se ha vuelto protagonista indiscutible en la lucha contra la pandemia.
Rodrigo Dubosi se despierta todos los días a las cinco de la mañana. No puede dormir más: tiene dos horas de viaje en transporte público hasta su trabajo. Una vez que llega lo esperan doce horas en el sanatorio, trasladando pacientes con sospechas de covid-19, ayudará a que las y los enfermeros no se queden sin insumos básicos y acondicionando los cuartos para los nuevos ingresos del día. «Es duro, a veces estamos a las corridas, pero también es gratificante ─cuenta Dubosi─ saber que estás trabajando en un momento así hace que tu tarea valga el doble», agrega.
Es un lunes de mayo en el sanatorio. Una señora de 60 años, internada desde hace días bajo sospecha de contraer el virus, acaba de colapsar. Respira agitada, la mirada se le desvía. Rodrigo la lleva a terapia intensiva con prisa y conectada a un tubo de oxígeno. En el camino la consuela: «Tranquila, todo va a estar bien», le dice. El momento apenas dura unos minutos, pero es el único que tiene a solas con ella. La adrenalina de un día agitado en el sanatorio no impide que generen vínculos con los pacientes. «Dan ganas de abrazarse con algunos cuando ves que se recuperan y se van a sus casas», advierte el joven. «Se viven cosas muy fuertes hoy».
Los trajes de protocolo del camillero son los mismos para todos los empleados que tengan contacto con los internados. Sin embargo, el riesgo de contraer coronavirus ha llevado a que muchas personas discriminen al personal sanitario. «Hace poco aplaudían y ahora señalan a los médicos», dice Dubosi. «Estamos dejando todo para que esto termine de la mejor manera», agrega.
«Mucha gente no sabe qué hacemos»
Cada vez que Gabriel González veía en la televisión a River Plate, su equipo de fútbol, analizaba detenidamente los movimientos de una sola persona. No era la pegada certera de Lucas Pratto, feroz delantero ‘gallina’; mucho menos las atajadas de Franco Armani, el imbatible guardameta. Lo que Gabriel esperaba con ansias era la entrada del camillero. Afinaba la mirada para observar cómo aquel auxiliar médico, imperceptible para el resto de los aficionados, colocaba a los jugadores que no podían continuar sobre una camilla y los retiraba de la cancha con especial decoro.
Gabriel debutó como trabajador sanitario contra el rival más difícil. A fines del 2019, cuando el coronavirus era un lejano suceso asiático, ingresó como camillero al Hospital Posadas, una de las instituciones médicas más relevantes de Argentina. A los pocos meses, sin embargo, ocurrieron los primeros contagios en Buenos Aires. «Me tocó aprender todo más rápido, pero lo tomé como un desafío», dice el joven de 23 años, quien además es estudiante de enfermería.
Estilos de jeringas y medidas de agujas; colocación de sueros y desinfección de cuartos. La astucia médica también forma parte de la cotidianidad de los camilleros en el hospital. Aparte de sus tareas diarias, ellos comparten actividades con el equipo de enfermería. «Eso hace que sepamos muchas otras cosas y estemos mejor preparados para cuando aparezcan las emergencias», señala.
Su contacto con pacientes de covid-19 es habitual. En el Posadas, Gabriel traslada a los infectados solo para hacerse una tomografía, el único estudio que tienen permitido realizar fuera de sus cuartos. «Vamos de paseo», les dice, en broma, cada vez que llega a buscarlos. Intentar hablar con ellos, asegura, es la mejor forma de darles ánimo. «Ven a todo el personal médico con el equipo de protección y ellos llevan un barbijo nada más, es un poco chocante», cuenta González. «Por eso busco charlar un poco, para romper el hielo».
Si a Luis Silva le preguntan qué siente cada vez que entra al Hospital Posadas él dirá «orgullo» y agregará, casi suspirando, «aunque mucha gente no sepa qué hacemos». Hace cuatro años que es camillero y nunca se sintió tan especial como en este momento. «No es como antes. Ahora la responsabilidad es mayor», admite. La logística del traslado en las camillas se modificó ante los nuevos protocolos de seguridad. «Hoy estamos comunicados con equipos en los que antes quizás no era necesario hablar. La pandemia nos unió para ganar esta pelea», destaca Silva.
A mediados de mayo, la Cámara de Diputados del país sudamericano dio media sanción al proyecto conocido como ‘Ley Silvio’, cuya reglamentación establece medidas de seguridad para resguardar al personal de las instituciones médicas que reciban internos con síntomas de coronavirus. Silvio Cufré fue un enfermero que vivía en la provincia de Buenos Aires y murió tras contraer el virus. Fue la primera víctima fatal del sector sanitario que se infectó durante el cumplimiento de su trabajo.
Tanto Luis, como sus compañeros, le dan especial importancia a la desinfección de los cuartos y materiales de insumos utilizados luego por los doctores. «Nos volvimos expertos y eso te deja seguro de que a otro colega no le va a pasar nada cuando venga después», dice. Tras terminar su día en el hospital, aguarda por una sola cosa ante de irse a dormir: los aplausos espontáneos de los vecinos a las nueve de la noche.
Aunque en el país sudamericano unos 18 distritos ─de los 25 que componen el territorio─, fueron habilitados a flexibilizar la cuarentena y permitir actividades sin aglomeración de gente, la batalla contra la epidemia está lejos de terminar. El lunes se registraron 29 muertes, la cifra más alta hasta el momento, con lo que el total de fallecidos asciende a 693. Asimismo, el Ministerio de Salud informó 826 nuevos contagios elevando el saldo a un total de 23.620 personas positivas de coronavirus desde el inicio de la pandemia.

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